Mucho para recordar

Por Alfredo Grande

        (APe).- Cuando era joven y soñaba sueños, vi una película que marcó mi romanticismo y autismo erótico y amoroso: “Algo para recordar”, con la actuación de Deborah Kerr y Gary Grant. Y una canción con el mismo título que me acompañó en muchos unipersonales. Es hermoso tener algo para recordar. Pero es mucho más hermoso tener mucho para recordar. No recordando con ira, como el titulo de la obra de Osborne, sino recordando con ternura.

En diciembre de 2015, escribí Ternurando. Neologismo que se opone a torturando. En la cultura represora, la tortura es política de Estado mientras que la ternura es, en el mejor de los casos, una decisión personal. Que como bien enseña el feminismo, es política. Pero restringida. Freud denominó a la ternura “amor de meta inhibida”-. Nosotros la denominamos “ternura secundaria”. Desde el psicoanálisis implicado, agregamos la “agresión de meta inhibida” y la denominamos “ternura primaria”. Ambas se complementan, pero sostienen lógicas diferentes.


La “ternura primaria” implica no solamente no hacer leña del árbol caído, sino no derribar ningún árbol para luego hacer leña o muebles con él. Trump tiene carencia absoluta de ternura primaria. Carece de una ética ante el desvalimiento, ante el desamparo, ante la intemperie. Pero no solamente él. La cultura represora tiene cientos de miles de partos de personas sin ningún registro de la ternura primaria. Un niño o niña pide una moneda, una ayuda, y además de no darla, no hay mirada que brinde un pequeño oasis a la desesperación cotidiana.

En el cómodo coma electrónico grado 3, en estado de sonambulismo y neo autismo, se niegan a reflejar el dolor con el cual deberían ser interpelados. Son espejos negros que nada reflejan. Yo no pienso en que ya son 4 años sin Alberto Morlachetti. Y el recuerdo, si bien aleja a la muerte, no acerca a la vida. Aunque tengamos mucho para recordar. Porque también los recuerdos quedan atravesados por mandatos, amenazas, culpas y castigos. Los 4 jinetes del apocalipsis represor. Y no solamente nos atraviesan, sino que con frecuencia nos perforan. No sentimos la vergüenza de haber sido, pero si sufrimos el dolor de ya no ser. De no ser y de no estar.

Cuatro años parecen poco, pero es una eternidad cuando hay mucho para recordar. Los encuentros en la Granja Azul, en la Biblioteca, en la Fundación, en la Casa del Niño, cuando Laura Taffetani, Dario Cid, Silvana Melo, Irene Antinori, Claudia Rafael, Ignacio Pizzo, Normita Basconi, no siempre todos, pero siempre varios, discutíamos, reíamos, jugábamos al truco con alguna picardía necesaria, soñamos sueños y llegamos a despertarnos con pesadillas. La ternura es necesaria: la primaria y la secundaria. Sin su fuerte cruce y sinergia, la crueldad gana nuevamente la partida. Y la muerte blanda, que a veces hasta parece ser vida, empezará a ganar terreno. Y cuando hay mucho para recordar, hay muchos lugares para ocupar.



La tierra solitaria deviene estéril. No se trata de pensar cuántos pueden ser necesarios para reemplazar a Alberto Morlachetti. Puedo afirmar: ninguno. Por una razón que cualquier corazón entiende: ninguna singularidad puede duplicarse. No habrá ninguno igual. “Sin embargo, la indignación era una marea que crecía en el alma de los justos. Nadie se hubiese atrevido a invocar atisbos de piedad con los niños. Los catedráticos opinaban, según Spinoza, que la piedad es de por sí mala e inútil en un alma que vive según la razón. Hubo que llamar a la policía, convencidos que la democracia no alcanza para todos.” Alberto escribió “¿Libertad, Igualdad, Fraternidad?” El 19 de abril del 2004. Hace 15 años….

No habrá ninguno igual. Por eso con la ternura no alcanza. Alberto Morlachetti tiene que ser inventado nuevamente. Necesitamos una invención sensible, creíble, que nos arranque lágrimas de tristeza y alegría. Tenemos mucho para recordar y tenemos mucho más para inventar. Tenemos que inventar hoy lo que Alberto descubrió hace más de 40 años. Que los chicos del pueblo son un movimiento. Son un colectivo. Son un sujeto político. Todo descubrimiento se burocratiza. Inventar es retomar el fundante. La esencia. Aquello que no puede corromperse nunca jamás.

Estoy convencido que volveré a charlar con mi amado Morla. Y cuando le diga que “cometeré nuevos errores”, ya lo escucho riendo y diciendo: “No estés tan seguro, Alfredito. A lo mejor serán los mismos” Y nos abrazaremos como chicos del pueblo.


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