La caravana del hambre

Por Claudia Rafael


(APe).- Los olores se mezclan. Orines, sudores, hedores de cuerpos cansados, excrementos. Son el cóctel de los hacinamientos humanos. La caravana crece. Se alimenta de más hambrientos. De nuevos desesperados que sólo ven la esperanza en el camino. Sin certezas de hacia dónde. Perdido por perdido, el camino es lo que salva. Unos a otros se alimentan del sueño de la tierra prometida que no los espera sino que les teme. Que los ubica, rabiosamente, en el sitial del peligro. De aquello que sólo es digerible en la más rotunda lejanía.



Son miles y miles. Que traspasan ciudades, poblados, alambradas. Que atraviesan arroyos, ríos, puentes.

Ya son diez días de andares en los que se incrementan los dolientes. Que no saben de muros ni de vallas.


“No hay retorno para ellos porque proceden de una hambruna de siglos y vienen rastreando el olor de la pitanza. El reparto está cada vez más cerca. Las trompetas han empezado a sonar. El odio está servido”, dijo José Saramago. Porque la caravana de migrantes se repite en el tiempo. Se ubica en geografías disímiles. Se sube a pateras para sortear las aguas del Mediterráneo e irrumpir en la Europa prometente y prepotente. Se cuela en las grietas y los techos de La Bestia para irrumpir en USA y pretenderse protagonistas del gran sueño americano.


O sale a las calles desde Honduras, para cruzar a Guatemala, México y hacerse finalmente del trofeo en el reino de Trump que no es el reino de los cielos. Habrá infiernos en el camino y en la línea de llegada si es que existe. La caravana, mientras tanto, se engorda de niñas y niños, de mujeres y hombres que van rompiendo con sus miedos. Nunca serán de ese sitio que buscan pero ya tampoco de la tierra que quedó atrás. Serán los parias eternos que no podrán cobrarse las cuentas de los dueños del capital porque mirarán siempre a través de vidrios sucios la riqueza de los otros.

Disculpe el señor, se nos llenó de pobres el recibidor y no paran de llegar, desde la retaguardia, por tierra y por mar, canta Serrat en una simbología de la caravana que es hoy pero que lleva siglos.


Porque la torta tiene un reparto vil. Y las balas, las rejas y los gases lacrimógenos esperan pacientemente a la caravana. Como esperó a las niñas y a los niños que de a cientos fueron separados de sus padres en la América trumpiana y los arrojó a los centros de detención donde fueron hundidos en el frío extremo, las celdas alambradas, agua y alimentos en mal estado. Donde fueron vejados de mil maneras posibles.

Disculpe el señor pero este asunto va de mal en peor. Vienen a millones y curiosamente, vienen todos hacia aquí, sigue el Nano. Pero el señor no escucha y cerca aún su castillo de robocops modernos dispuestos a defender a capa y explosivos un sistema nacido para la crueldad.


La caravana sigue viaje. Y es una realidad contundente de los efectos de la inequidad. Pero también una metáfora de los desarrapados que toman por asalto el palacio de invierno para abalanzarse por derecho en la primavera colectiva.

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