Luaces: “No hablemos de legitimidad del Plano Urbano Ambiental, porque el GCBA no lo respeta"

La Plaza Malaver está hundidita entre dos monstruos de Buenos Aires como son el Cementerio de la Chacarita y ese predio desbordante de la Facultad de Agronomía. Ahí, en medio, se quedó atascado un cacho de barrio, que aparentemente no tiene más remedio que improvisar e ir haciéndose sobre la marcha.


PH: @somoslamalaver

Como no podía ser de otra manera, estando donde está, la Malaver no es una placita más, sino que tiene sus cosas. En dos de las cuatro esquinas persiste un puñado de casitas que, por cuestiones burocráticas y otras yerbas, no pudieron ser absorbidas por lo verde de la manzana. Pasa el tiempo y ahí están, viviendas con mucho roce y poco placer para las familias que las habitan. Pero eso de diferente que tiene la plaza nunca fue un problema para el barrio. Porque el problema no es la gente que resiste con lo puesto sino las topadoras del poder, que olfatean la fragilidad de la ciudad y atacan, muerden, perforan, desgarran. Lo viejo no va más: la cosa es hacer la ciudad del futuro, sin lugar para los débiles ni para los fracasados.



Lucas Luaces pasó por #Desmalezando y con él estuvimos charlando sobre estas cosas. ¿Por qué con él? Porque es arquitecto y forma parte del Grupo Asuma, una cooperativa de trabajo interdisciplinaria, compuesta por arquitectos, ambientólogos y diseñadores, que ha desarrollado escuelas, conjuntos habitacionales y equipamiento comunitario. Pero, charlamos con Lucas sobre todo porque pertenece al colectivo Somos La Malaver: una agrupación de vecinos y vecinas autoconvocados, que lucha “por la protección del patrimonio arquitectónico, natural e histórico de nuestro querido barrio de Villa Ortúzar”. Nos sobran los motivos como a Sabina.


Y entonces Lucas nos explicó con claridad qué es lo que está pasando: ahí, en un córner de la Plaza Malaver, se está proyectando la construcción de un edificio de siete pisos que dañaría profundamente el barrio, no solo por el par de años que demanda una obra de este calibre, sino porque, una vez concretada, la mole de cemento mutilará el sol que todos los días baña la plaza, y porque su presencia les impedirá a los vecinos y vecinas seguir apropiándose libremente de un espacio público que les pertenece, un mantel sobre el que se tienden charlas y encuentros cotidianos.


Reformas en el código urbanístico que datan del año 2018, revisten de legalidad a una obra de estas características, desconociendo los reglamentos históricos que ponen tope a la construcción horizontal en barrios que, como Ortúzar, presentan un estilo de vida residencial y sereno. El arquitecto explica que, si bien por un lado el gobierno porteño logra avanzar con sus negociados con la venia legislativa, por el otro infringe todo el tiempo normas trascendentales, como el Plan Urbano Integral, que desde el año 2008 es sistemáticamente contrariado.


Somos La Malaver se propone cuestionar la legitimidad de una lógica mercantil artera, que pone el ojo y pone la bala, segura de que todo se compra y dispuesta si es necesario a mandar a la diáspora a la gente de trabajo que vivió toda su vida allí, con tal de implantar la semilla de su mundo artificial.


Las resistencias quijotescas se acumulan, en un lugar hostil como es la Ciudad de Buenos Aires, la meca del capital. Ojalá brotaran como el agua, las voluntades que ponen cuerpo y espíritu al servicio de estas batallas heroicas, pero parece mucho pedir. Este cronista, hundido en su pesimismo, cree comprender que las resistencias son inútiles, frente a una realidad que avanza con la fuerza de sus topadoras. ¿Y entonces qué? Entonces nada. Resistir, resistir y resistir, creando consciencia y haciendo que florezcan los colectivos de personas que luchan por lo que es justo, por mucho que las almas resignadas escriban crónicas diciendo que no la ven.


El domingo que pasó hubo un festival, ahí en la plaza, y han circulado muchas imágenes por las redes que demuestran que no son pocos, los vecinos y vecinas que no van a permitir que se les implante mansamente un mundo artificial, en sus cuadras de toda la vida. “Y ojo -dice Lucas-, que nadie pretende que el barrio permanezca como congelado en el tiempo”. Pone el ejemplo de la otra plaza que tiene Ortúzar, la 25 de Agosto: la rodean construcciones modernas, que efectivamente fueron desarrolladas por grandes fondos de inversiones, pero que respetan el espíritu del barrio y se amoldan a su estilo de vida. ¿Qué se quiere decir con esto? Dos cosas: que las resistencias no son ciegas, y que la convivencia entre criterios modernos y tradicionales no son un imposible. Solo es cuestión de detenerse un toque y levantar la vista. No debería ser tan difícil.


El problema es cuando el dinero adquiere el carácter de algo que doblega y destruye. Entonces vendrán tiempos de barricada, porque la gente de ningún lugar sucumbirá fácilmente al destierro. Imposible no imaginar una resistencia, si es tan honda la injusticia. Lucas se pregunta en voz alta: “¿Quién puede querer a una ciudad sin luz, espacios verdes ni identidad? ¿Quién puede querer vivir en un lugar así?”.


También dice que cuando pasan cosas así, que entre gallos y medianoches se tejen chanchullos que acaban transformándolo todo y ni te das cuenta, se siente amenazante, como si de golpe perdiéramos el control sobre nuestras propias vidas. “Somos constructores de esta ciudad: ni consumidores ni entes pasivos. Estamos vivos y paso a paso vamos haciendo nuestro lugar”, define el arquitecto. Y a mí me queda el filo de una esperanza, porque, en definitiva, las ruedas siguen girando. Y es cierto que hay una ruleta mercantil, que parece llevarse todo puesto. Pero también es cierto que hay otro motor, cargado de confianza y humanidad.


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Redacción: Facundo Baños

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