La maldición de Tejada Gómez

Por Alfredo Grande

(APe).- El armisticio, la tregua acordada, eso que algunos llaman elecciones, otros que dicen “volvimos”, otros esperan saber para qué volvieron, otros siguen tratando de entender cómo es que se fueron, muy pocos intentar descifrar la trama de intereses que permitió que llegara, el único hilo conductor que aparece es “crecer para pagar”. Por supuesto, sería mucho más fácil crecer si solamente se pagara aquello que se prestó en forma legítima y se utilizó en forma legal. Quedarían algunos centavos extraviados. Pero desde que comienza la neo democracia, o sea, ayer nomás, los representantes que no son nuestros pero que actúan como si lo fueran por la alquimia feroz de los “domingo de urnas” (como alguna vez bautizara Horacio Verbitsky a las elecciones), están obcecados en pagar, pagar y pagar. Y en su versión más nacional y popular, desendeudar.



Lo que siempre ha quedado firme es que hay deuda, y hay que honrar la deuda. Que ni siquiera implica deshonrar a quienes la contrajeron, incluso embargando sus bienes por varias generaciones. Evidentemente, el que las hace no las paga. Más allá de los sortilegios de la macroeconomía, la microeconomía, los defaults, los paga dios, o los “anda a cantarle a Gardel”, la realidad es que hemos, han, permitido ser gerenciados durante cuatro años por un equipo de pesadillas. Hoy impune, esperemos que por tiempos muy breves. La culpa la tiene el chancho, y obviamente quien le da de comer. No haber decretado un solo paro general en 4 años se parece bastante a dar de comer al chancho.

Por eso, y justamente porque apenas son 20 días de mandato, es necesario colocar una estaca que divida aguas, tierras y aire. De un lado los que siguen haciendo culto del conde de Lampedusa, el Gatopardo, con su célebre catecismo: “cambiar algo para no cambiar nada”- Del otro lado de la estaca, poner como estandarte la maldición de Tejada Gómez: “el que no cambia todo, no cambia nada”. No hay grises, porque en el nivel fundante del sujeto político y el sujeto deseando, es o no es, es muerte o es vida.

Cuando llega Hernán Cortés a nuestras tierras, lejano antecesor de Cambiemos, quedó sellada la maldición de la Malinche. “Para lograr su objetivo Cortés contó con la valiosa ayuda de otros grupos indígenas que habían sido sometidos por los mexicas y también por Malineli Tenepatl, más conocida como Malinche o doña Marina (su nombre castellano). Esta mujer cumplió múltiples roles: traductora, informante, amante y madre de hijos mestizos. Así, al servir al enemigo, su figura quedó asociada con la traición a su pueblo y ese estereotipo de la Malinche está presente en la actualidad”.


Del malinchismo actual, evidencia sobra, pero conviene siempre rastrear los orígenes. Hay un malinchismo cultural, político, económico. Aquellos que lo señalan son rápidamente neutralizados: trosquitos, gorilas, le hacen el juego a la derecha, etc. Hace muchos años, en la revista Humor Registrado, plena época alfonsinista, el inolvidable “gordo” Soriano escribió un artículo crítico sobre algunos aspectos de la política alfonsinista. Un periodista, que si la memoria no me traiciona (lo que hace habitualmente) era Enrique Vázquez, escribió una respuesta a la que tituló: “La impaciencia desestabilizadora”. Más que una respuesta, fue una total descalificación del autor de “No habrá más penas ni olvido” Esa táctica sigue vigente.

Por suerte el pueblo mendocino no se preocupó nada de estas cuestiones, y reavivó el alma de las puebladas redentoras. Tomaremos nota de la advertencia de Claudia Rafael: “Habrá que dormir semidespiertos. A sabiendas de que el monstruo de mil tentáculos siempre estará allí. A la espera de distracciones. Pero la victoria fue posible. Sólo porque la calle tuvo la potencia de los que resisten. Colectivamente. Y de pie.”

Curiosamente, un movimiento histórico y social como el peronismo, que nace con la pueblada del 17 de octubre de 1945, tiene dirigentes que mandaron a las gentes a sus casas, a no hacer ola, y ver el sereno paso del bastón de mando y de entrega y traición a la patria, que para eso sirvió el bastón, con abrazos y caricias incluidas. Si un fascista es un liberal asustado, un albertista es un kirchnerista calculador. Pero la estaca sigue clavada. Habrá que elegir entre las dos maldiciones: la de Malinche y la de Tejada Gómez. Y digo maldiciones porque son malditas para los intereses de una clase dominante o son malditas para los intereses de una clase dominada. No hay pactos, acuerdos, componendas político sociales económicas que puedan quedar afuera de los territorios que la estaca delimita.

Las vacilaciones de Alfonsín entronizaron al Menem del salariazo y la revolución productiva. Gatopardismo mediante, ya no se promete salariazo y menos revolución, ni siquiera productiva. Como siempre supimos: “solo el pueblo salvará al pueblo” Y como he propuesto varias veces: “que el pueblo delibere y gobierne a pesar de sus representantes”. De mínima, plebiscitos vinculantes y revocación de mandatos. No soy peronista, y a mi edad no creo que pueda serlo. Pero hay que volver a la constitución de 1949, nunca derogada, nunca aplicada. Pero siempre del lado izquierdo de la estaca: ¡Hay que dar vuelta el viento como la taba, el que no cambia todo, no cambia nada!


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