Coronar la vida

Por Alfredo Grande

      En alguna ocasión, en una reunión científica de psicoanalistas, dije que la elección de una teoría no es teórica sino política. Me sorprendió que no me entendieran. Tampoco me entendió una tía cuando le pregunté a los 7 años por qué los duraznos al natural venían en lata. “De la naturaleza a la mesa” era la publicidad engañosa de la época. La respuesta de mi tía fue: “callate y comé”. Durante los 64 años posteriores recibí respuestas peores. Pero fue el comienzo de una convicción muy firme, bordeando la certeza. Si algo sirve, sirve para todo. El problema es que hay cosas que no sirven para nada, y lo usan para todo. Algunos llaman a esto democracia representativa.



Al caso: la elección de una etimología no es etimológica sino política. A la palabra alumno siempre se le dio el sentido de “sin luz”. Y la iluminación era del maestro. “Magister dixit”. Lo dijo el maestro. Nada para discutir. Solo acatar. Este mamarracho se ha observado incluso en la ciencia, y es el entierro del pensamiento crítico. Del “libre pensamiento” que tanto irrita a Berni.

Sin embargo, en mi prolongada actividad docente universitaria, abortada por la universidad nacional de Buenos Aires porque cumplí 65 años, describí otro sentido de la palabra “alumno”. En la etimología griega es: “el que está dispuesto a aprender”. Dime qué etimología eliges, y te diré qué eres. O sea: cuál es tu implicación política, ética, filosófica. Coronar la vida: adornar de una manera ostentosa o visible, que otorga dignidad. Esa es la etimología que elijo. Y como toda elección, es deseante y es política. Otorgar dignidad es muy cercano a honrar la vida, como enseñara la poeta Eladia Blázquez.


El modo de producción capitalista, que prefiere el valor de cambio al valor de uso y construye el fetiche de la mercancía, denigra la vida. Le arranca toda dignidad. Una zapatilla vale no por su uso sino por su marca. Una amiga de un amigo de una amiga pagó $21.000 (sic) por un par de zapatillas “de marca”. Lo más denigrante es que la gente humilde se contagia fácilmente del virus del consumismo. Como ya lo señalé, pero me gusta reiterar, consumismo es “consumir consumo”. Y no solamente es una enfermedad de clase media para arriba. También es una enfermedad de clase media para abajo.

Por eso es necesario acordar que cuando hablamos de batalla cultural es contra el capitalismo. El imperialismo es su fase superior, como enseñara la teoría marxista. Pero curiosamente, o quizá no tanto, hay discursos furiosamente anti imperialistas pero que no son furiosamente anti capitalistas. Incluso pueden ser furiosamente anti socialistas. Recuerdo la época que se hablaba de los dos imperialismos, otra teoría de los dos demonios.


El enemigo sin cara no es el virus. El enemigo sin cara es el capitalismo. Es cierto que tiene muchas caretas visibles. Un Rocca, un Coto. Pero la verdadera cara de la bestia sigue oculta. Maquillada por la publicidad. La mercantilización de los alimentos, la salud, la educación, la vivienda, el crédito. El Banco Central sabe quiénes son los que han fugado cifras millonarias de dólares al exterior. Más que fuga, turismo fácil. Más que impuesto a la riqueza por única vez, habría que sacar el impuesto a la pobreza para todas las veces. O sea: el IVA para alimentos y todo lo que permita que las necesidades básicas sean satisfechas. Que la CGT acepte disminuir los salarios, no es buena forma de celebrar un primero de mayo combativo. Cada vez es más evidente la dimensión viral de la cultura represora.


El reduccionismo virológico deviene encubridor. Un virus mutado en forma deliberada, o una maldita casualidad para darle texto a Lagarde, ex presidenta del FMI, ha sido la tormenta perfecta para que el capitalismo se hunda pero no le suelte la mano al planeta. Como arca de Noé de última generación, también el arca capitalista salvará a dos de cada especie: gran industria y financieras internacionales.

Habrá una nueva normalidad. Más nueva que normalidad. Recuerdo la advertencia de León Rozitchner: “el normal está enfermo de realidad”. Lo peor que nos puede pasar es que habrá algo parecido a lo normal. El hambre en niñas y niños, ¿es normal? La falta de agua, y no solamente potable, ¿es normal? Las masacres por goteo por arrasamiento de tierras, aires y aguas… ¿es normal? La respuesta es que para el capitalismo no sólo es normal, sino necesario. El maldito Cavallo dijo: “costo social del ajuste”.

Hoy preocupa más el costo sexual de la cuarentena. Lo digo como psiquiatra, psicoanalista y cooperativista. El aislamiento social obligatorio enferma. La realidad virtual es un estado alucinatorio (visual y auditivo) más allá de cuántos usuarios de zoom o jitsi lo compartan en forma simultánea. Esa enfermedad es la iatrogenia. O sea: que el aislamiento es necesario, pero es una necesidad que trae demasiados efectos secundarios nada deseables. Los chicos pobres cada vez tienen más hambre y los chicos ricos quizá tengan más tristeza. Pero sin duda era para pensarlo antes, no para decirlo después, y después desmentirlo.


Como al Estado lo financiamos los trabajadores con impuestos al consumo, porque los impuestos a la riqueza no brillan por su ausencia, la mentada renta universal será algo así como un auto préstamo. Alguna vez se volverá a discutir qué decimos cuando decimos estado sin aditamentos. No hay contradicción entre estado y mercado. Por algo se socializan las pérdidas. Y la sagrada Constitución Nacional consagra la privatización de las ganancias.

No le demos la razón a la tía que estaba convencida que lo natural venía en lata. Nuestra decisión política, ética y afectiva será luchar en realidades comunitarias, cooperativas, colectivas, con profundos cimientos deseantes. Para crear la nueva anormalidad: coronar la vida.

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