35 AÑOS DE DEMOCRACIA: UN PERRO VIEJO QUE NO COME NI DEJA COMER

Mi amigo Rodri me pasó una nota, hace como diez días, que hablaba sobre Bolsonaro, sobre los 35 años que cumplía nuestra democracia y no sé sobre cuántas cosas más. Me la pasó pero no tuve tiempo de sentarme a corregirla, y de golpe me empezó a pasar que los días pasaron, y esas cosas de las que mi amigo hablaba en su nota fueron quedando viejas, casi al borde de la caducidad. Con la culpa que me carcome, me siento a escribir algo que debió haberse escrito antes, viendo la manera de encender fuego sobre las brasas.


Y no es mentira que las cosas nos van quedando viejas, incluso pocos días después de que ocurrieron o de que las pensamos. Fíjense sino, ¿no parece que Bolsonaro ya fue? ¿No parece parte del pasado? Bueno, ojalá fuera así. Lo cierto es que este loco lindo todavía ni asumió y el tsunami de chanes no se detiene. Yo, más o menos, le venía siguiendo el hilo al asunto, hasta que me enteré que Sergio Moro había aceptado ser ministro de Justicia y dije “basta para mí”. Cada tanto se apodera de mí la sensación de que es todo tan, pero tan obsceno, que bueno sería ser abducido por un coso espacial y volver en otro momento. ¿Nos pasa a todes, cierto? Es un rato, nomás. Después me olvido de las abducciones y me pongo a buscarle la vuelta otra vez a lo que no tiene goyete, y me siento a escribir cosas como esta, mientras pispeo en la pestaña vecina qué joraca decía la obsoleta nota de mi amigo Rodrigo. Y resulta que el quía hablaba no sé qué del recital de Silvio en Avellaneda: ¡cosas que pasaron hace mil años! Y ahí nomás metió un párrafo de una nota periodística seria (no como este socotroco) a propósito de lo que está pasando en Brasil:

“Jair Messias Bolsonaro es el nuevo presidente, luego de recibir el aluvión de 57 millones de votos que le permitió derrotar por diez puntos a su competidor Fernando Haddad (...) ¿se moderará una vez que llegue al Palacio Planalto? ¿Sellará acuerdos con las fuerzas políticas tradicionales del país con representación en el parlamento? ¿Exterminará a la izquierda como dijo la semana previa de la segunda vuelta? ¿Cómo es posible que lo haga?”, se preguntaban los colegas de Resumen del Sur.


La democracia es la forma de gobierno que se imaginaron los griegos, unos chabonazos que por poco no tuvieron un dinosaurio como mascota. No nos vamos a poner a hablar sobre la etimología de la palabra democracia ni vamos a ensayar una tesis de cómo ellos ponían en funcionamiento eso que se estaban comenzando a imaginar. Básicamente, porque no queremos que se queden dormides mientras leen la nota. Basta decir, en todo caso, que el concepto de la democracia es un tanto antiguo, y que tiene los achaques propios de la edad. Daría la sensación de que el poder ya le tomó el punto, y que encontró la manera de vulnerarla dulcemente, sin que podamos defenderla. O, peor, sin que sepamos bien para qué defenderla. Y a la griega le propinaron un cross al mentón, de esos que te dejan medio grogui: otro contendiente que era tildado de outsider y que resulta que está más adentro que nunca. Uno que calentó su banca de diputado durante 20 años, diciendo gansadas, incoherencias y burradas, jactándose de todo eso, a lo Simpson, y que en un abrir y cerrar de ojos te gobierna Brasil y te clava un gabinete de milicos. Los que la tenemos adentro, parafraseando al 10, somos nosotres: los verdaderos outsiders.


Decíamos que la democracia es una idea que viene más o menos de la era paleozoica, pero acá, en este bordecito del tercermundo que hemos dado a llamar Argentina, acabamos de batir el humilde récord de 35 años consecutivos. Eso celebramos el 30 de octubre que pasó (eso y los 58 de Diegote). Ojota, que no es poca cosa 35, dada nuestra inconsistencia encarnizada, esa de la que puede dar cuenta cualquier manualcito de historia. Es decir, no es una cosa que digamos “¡qué bruto! ¡Cuánta democracia!”, pero, bueno, ahí vamos, intentando alargar todo lo que podamos este récord de urnas ininterrumpidas que supimos conseguir.

Hace pocos días nos preguntábamos qué hay en el diome de dictadura y democracia, porque intuímos que se nos están colando una serie de acontecimientos, y que estamos cada vez más atrás en la fila. Y no reaccionamos frente a eso, en principio porque nos falta vocabulario para hablar sobre el asunto con las palabras adecuadas. Pero, si me permiten, voy a parafrasear a mi gran amigo Rodrigo, que es todavía mejor que parafrasear a Maradona: “Si le pedimos al mozo la cuenta de estas tres décadas, ¿qué nos cobrará? Porque nos pasó de todo en este tiempo, pero la decepción más grande quizá sea esa sensación de que todo el tiempo hay que volver a empezar, y que el giro de la ruleta no sabemos dónde joraca nos va a dejar parados esta vez”. Sí, a mi amigo también le pinta el tango, che. O, peor todavía, ¡se deja abducir por el blues! El más peligroso de los ovnis. Después se le pasa, gracias a dios, y vuelve a escuchar Ciudad Oculta de Los Gardeles. Somos eso: un día votamos tango, después nos cansamos de milonguear y votamos blues, pero resulta que el blues nos aburría, entonces le metemos cumbia a las urnas. Y el asunto es que está bueno escuchar de todo, pero mejor sería averiguar de qué estamos hechos. Aunque sea dame un par de ingredientes, y vamos viendo qué sale.


Está claro, por lo pronto, que de escandinavos no tenemos una goma, y que con ese estructuralismo no vamos ni a la esquina. Por eso nos tentamos un toque cuando nos hablan de Finlandia, como si fuésemos capaces de tolerar a los finlandeses. Pero lo cierto es que esos freakies sacan el equipo de memoria, porque vienen jugando de la misma manera desde hace mucho tiempo. Y, ¿adiviná qué? Juegan bien, juegan fácil. No les hacés un gol ni en pedo. ¿Viste que acá tenemos una bandada de palomas que se llena la boca diciendo que hay que jugar en equipo? Bueno, para jugar en equipo hace falta saber quién es esa gente que nos rodea y que, se supone, tiene la misma camiseta que nosotres.


Si frenáramos un poco la bocha y levantáramos la cabeza para buscar al compañero, andá a saber, quizá la cosa nos iría mejor. Bah, qué sé yo, eso dice en la nota este pibe Rodrigo, que, la verdad, casi ni lo juno. Dice también que detrás de este rompecabezas hay un país que está tratando de armar su historia, por más de que estos 35 años hayan sido más intensos que los 5778 que lleva el Pueblo Judío esperando la llegada del Mesías. Como nos diría Cupido, enorme programa de MuchMusic, “conózcanse”: a ver si de una vez por todas dejamos de ser tan flojitos, tan poco pueblo, a la hora de que nos vengan a engrupir. Porque, querides, si seguimos así, de tanto que nos meten el perro, nos vamos a terminar poniendo una perrería. Por ahora, la única certeza que tenemos es que vendrá alguien a decirnos “no va más”, y que va a poner a girar su ruleta. Ahora, en qué casillero vamos a caer cuando se quede quieta, esa te la debo.


La Primavera, Sandro Botticelli

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