LA ROPA COLGANDO EN LAS TERRAZAS #HistoriasdelSur

Pone el agua y se acoda en el balcón. Cruje el otoño pero Juan no cierra la ventana si el frío no es frío en serio. Le estaba queriendo mandar un audio al Tuquito, pero las dos veces titubeó y lo borró antes de soltar. Se tentaba de decirle cosas que no se dicen por WhatsApp. Anoche, cuando leyó en el grupo que su amigo ya estaba de vuelta en casa, sintió que una bota gigante por fin dejaba de aplastarle el pecho. Sereno, mira la calle. Se acuerda de la primera vez que se asomó por ese balcón, con el departamento hueco: Perú lucía ensombrecida y lo único que llegaba filoso hasta su segundo piso era el rugido de los bondis. La flacura de la calle y los edificios de enfrente piqueteaban al sol en su intento de trepar hasta la ventana. Después, con el tiempo, le empezó a parecer que algo de tibieza se condensaba en el vidrio, incluso veía el asfalto más claro. ¡Carajo! Pega un pique hasta la cocina pero el agua se le volvió a pasar. Ya fue, no pone la pava otra vez. Agarra el tupper de la alacena y ceba el mate como viene.



Lleva un año viviendo ahí. En un rato, ya sabe, los colectivos abreviarán su trajinar, y en su lugar aparecerán como luciérnagas los pibes con carro juntando cartón. No se acuerda de ninguno en particular, pero, para él, todos esos chicos tienen la cara del morochito de La Boca. Siempre andaba solo el morochito, por su cuadra o a la vuelta, llevando y trayendo cosas. No tenía más de ocho y abría grandes los ojos cada vez que alzaba la vista para ver las antenas o la ropa colgando en las terrazas. Juan creía que miraba los aviones o las nubes, pero un día le preguntó y el nene le contestó que le gusta cómo terminan las casas. Se hablaron dos veces más o tres: una de esas, el morochito le preguntó cómo terminaba su casa. La otra, casi de noche, lo vio venir desde la esquina y corrió a contarle algo que se había acordado: “Una vez me metí en un edificio como de diez pisos y corrí por las escaleras hasta arriba de todo -Juan lo miraba-. ¿Alguna vez viste desde ahí? Se ve chiquito pero lejos”.


Suena el teléfono. Las noticias vuelan en el barrio y Rita ya se enteró que el Güili volvió a la casa. Quiere saber más. Juan le cuenta a la vieja que se está tomando un mate que es un asco. Del amigo, lo mismo que ella. “Le estaba por escribir”, se anticipa al reproche materno. “No te duermas. Sabés que te necesita”, dijo Rita, en un tono que no era el que él hubiese esperado.


Cortó pero se quedó unos segundos con el teléfono en la mano. Mira para afuera. Un grupo de pibas pasa por abajo cantando una cosa en inglés y riéndose a las carcajadas. San Telmo se pone así de gente los jueves. Juan busca en YouTube un disco que escuchaban siempre de pibes. Arranca la viola de Stuka y él arrima el celular al parlante para que se grabe bien el audio.


“Censura vieja y obsoleta en films, en revistas, en historietas. Fiestas conchetas y aburridas. ¡Dónde está la diversión perdida!”.

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