LA DESNUDEZ DE LAS IDEAS

Hace un tiempo, en el famoso San Bernardo de Villa Crespo, se me planteó la siguiente discusión: alguien decía que no está bien que una chica ande por la calle mostrando su cuerpo “de más”, independientemente de cuestiones climáticas. Argumentaba que él se sentía ofendido. Okey. Yo, que también soy hombre, no terminaba de entender de qué manera podía sentirse tan interpelado por otra persona que circula por la vía pública tan libremente como él. Ensayó un par de explicaciones y al final convenimos en que yo no tenía calle. En un punto sí pudimos acercar nuestras posturas: si una chica sale al “espacio común” llamativamente ligera de ropa, entonces lo más factible es que reciba una serie de agravios e insinuaciones, ¿por qué? Bueno, tal vez porque la sociedad no está preparada aún para que ella pueda andar así por la calle. La diferencia, entre este amigo y yo, en el marco de esa charla, era que para mí la que tiene que acomodarse es la sociedad, mientras que, para él, la que tiene que acomodarse es la chica. Poniendo esta discusión en un plano más abstracto, creo que si alguien se planta en una posición de resistencia frente a las nuevas formas que va tomando la sociedad, está condenado al fracaso. Y que, cuanto más esa persona se empecina en sostener intacta su caja de ideas, más cerca está de amargarse la vida, en tanto no podrá detener lo que se impone como realidad.


Me dirán: “Pero, entonces, si mañana se pone de moda empezar a acuchillar gente, ¿vos vas a estar de acuerdo?”. Bueno, mi respuesta, frente a un planteo de esas características, es que no, pero, si tuviera la chance de ampliar esa respuesta, aclararía que yo no estoy hablando de modas. Moda es el chupín, ponele. Yo hablo de que mi abuela, cuando era joven, no concebía la posibilidad de salir a trabajar, o de expresarse políticamente, y de que mi vieja tuvo la suerte de estudiar en la Universidad de Buenos Aires. No es moda, es el movimiento propio de una sociedad que avanza indefectiblemente, más allá de que lo veamos o no. Y en ese avance no creo que quepa la intención de andar descuartizando gente ni nada que se le asemeje: el avance de la comunidad tiene que ver con quitarnos de encima el velo de las hipocresías y con poder vivir con un grado cada vez mayor de libertad: no para afectar a terceros -otra vez- sino en el sentido de que ese contexto que nos alberga permita que cada une haga lo que sienta, sin tener que andar escondiéndose, ni tapándose, ni sufriendo el peso de “lo normal”.


Hace poco entrevisté a Ema, una de las chicas que leyó el texto de denuncia por situaciones de abuso de poder en el Colegio Nacional de Buenos Aires, que rápidamente tomaría estado mediático y se viralizaría vía redes sociales. En esa charla, me contó cómo año tras año se formaban en el colegio agrupaciones políticas ficticias, que hacen campañas ficticias, porque, de esa manera, consiguen el aval para escaparse de clases durante un par de semanas. Las agrupaciones, por supuesto, son integradas por alumnos varones, y las campañas que hacen suelen incurrir en el bullying sistemático hacia las mujeres, les gordes, les gays, y todes les que no encajen en esos parámetros de supuesta normalidad que impone una sociedad consumista como la nuestra. Hasta que algo pasó: un posteo anónimo de facebook, escrito por alguien que había sufrido en carne propia los atropellos de una de estas agrupaciones, funcionó como un llamado de unidad de todes les que se creían débiles, señalades, apartades. “Ahí nos dimos cuenta de la falta de comunicación que había: eso nos afectaba a todes, pero, como veíamos que el resto se reía, entonces nadie se atrevía a alzar la voz. Pensábamos que éramos les úniques y entonces, bueno, nos reíamos también. Todas caretas. Ahora, ¿qué pasa? Cuando se destapa la olla y descubrís que a todo el mundo le parecía mal y que producía tanto sufrimiento, entonces cambia la norma”.


Y el cambio de norma no tiene que ver con salir a acuchillar a nadie, sino con los Derechos Humanos y con la garantía real de las libertades individuales. Nada es por la fuerza y nada es obligando a otro a no mostrarse como es. Y para revalidar ese cambio de norma, que es un síntoma de nuestro tiempo, se recurre, sin embargo, a una fórmula tan vieja como las propias comunidades: organización, unidad y ocupación del espacio común. No es un secreto: la impunidad del poder está estrechamente ligada a su capacidad de sostener y fomentar prolijamente esa falta de comunicación entre les débiles, les perejiles, les 4 de copas, que vendríamos a ser todes nosotres. ¿Qué nos queda? Bueno, sirvan como ejemplo los dos que acabamos de mencionar:


1. Intentar romper el cerco de la desinformación, como ese chique que usó las redes sociales para difundir la carta que había escrito,

2. atreverse a denunciar la impunidad, más aún si la sabemos enraizada, como hicieron las egresadas del Nacional, valiéndose del marco de visibilidad que les daba su acto de entrega de diplomas.


El Gato y La Caja publicó una nota esclarecedora, a propósito de la irrupción del lenguaje inclusivo, y en su introducción dá cuenta de que la realidad que nos envuelve todos los días únicamente se torna visible frente a un hecho disruptivo, algo que puede considerarse como “un estorbo en nuestro camino”: esa chica, acaso, que osa salir a la calle con su shortcito ajustado y una nalga prácticamente al descubierto. Algo parecido ocurre con las mañas del lenguaje: si escribimos “todes” en las redes sociales, seguramente nos cargaremos más de un indignade, tildándonos de poco serios por haber escrito una palabra de un modo no legislado. Ahora bien, ¿cuál será el origen de ese malestar que los empuja, incluso, a expresarse, a dejar asentada su disconformidad? ¿Cuál es la historia de apegarse a la norma de forma indisoluble, sin siquiera poder pensarla?


Cuando yo escribo una nota, incluso cuando tengo una conversación, me interesa que la persona que está conmigo me entienda, porque sino qué estamos haciendo ahí. Y el hecho de escribir “todes” en lugar de “todos” no es algo que ponga en jaque la comprensión del otro sobre lo que estoy tratando de expresar. A lo sumo, quizá, esa licencia que me tomo, produce un ruido. Es más: haciéndolo, estoy queriendo que ese ruido se produzca. ¿Por qué? ¿Porque tengo ganas de hinchar las bolas? No, porque estoy intentando posicionarme, desde mi escritura, a favor de la juventud, y sobre todo de la juventud feminista, esa que decidió tomar el toro por las astas y cuestionar un universo que se venía desarrollando normalmente, sin que nadie lo reflexione, sin que nadie lo ofenda. Un universo que habilita el bullying sistemático de un grupo que se arroga la propiedad privada de la normalidad, y el sufrimiento de la mayoría que no encaja en la norma y que se refugia en un silencio perturbador. De ellos es el lenguaje inclusivo. A ellos los nombra. Por eso lo incorporo.


“¿Esto significa que podamos hacer lo que se nos antoja con la lengua? No, hay cambios que el sistema simplemente no tolera. Uno puede comprarse todas las témperas del mundo y mezclarlas a su placer, pero no puede imaginar un color nuevo. No es posible, por ejemplo, pensar el castellano sin la categoría de sujeto”, explica El Gato, en un pasaje de su publicación. Esas estructuras básicas son las que, efectivamente, garantizan que nos podamos entender. El resto, agrego yo, es un campo de disputa potencial, y en esa batalla del lenguaje podemos participar todes les que queramos.


Está fuera de discusión que nadie puede salir a pasearse desnude por la calle, porque su conducta no podría ser amparada bajo ningún aspecto en el marco de este tiempo y de esta sociedad que nos aglutina. Es lo mismo que si, de golpe, alguien intentase comunicarse sin esa categoría del sujeto que es inevitable en la lengua castellana: lo podemos hacer, lo que no podemos es pretender que el resto nos comprenda. Vivimos en comunidad, y es así, en comunidad, como nuestras individualidades adquieren sentido. Pero las cosas no están quietas, amigues. Por mucho que no las veamos, las cosas se están moviendo. “Las ciudades bailan y hace siglos que es así”, dijo la Cantilo en uno de sus clásicos noventosos. Un día, cuando menos te lo esperes, va a pasar algo que te va a llenar el culo de preguntas. Un buen día vamos a salir a hacer las compras y esa realidad que casi nunca se deja ver, se nos va a incrustar en los ojos como dios la trajo al mundo. Ahí nos vamos a tener que poner a pensar, y vamos a tener que tomar una decisión.


Venus y Marte, una obra de Marcelo Germana

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