EL ROMPECABEZAS DE MIL MILLONES DE PIEZAS

“Y ahora tiro yo, porque me toca, en este tiempo de plumaje blanco”, dice un clásico ricotero que siempre creímos que reflejaba un tiempo histórico que había quedado atrás. En parte sí, en parte lo refleja. Pero, por otro lado, vemos cómo de golpe podemos acomodar varias de sus estrofas en el ¿insospechado? puzzle político-armamentístico que estamos tratando de descifrar en pleno 2018. Por ahora tenemos todas las piezas desperdigadas en el suelo de la habitación, y apenas unos pequeños charquitos encastrados que no nos alcanzan para distinguir el cuadro completo. Antes, los quilombos tenían rostro, eran más tangibles. Ahora dá la impresión de que vamos tanteando a ciegas el camino, tomándonos de los hombros y confiando en la persona que tenemos adelante. Se volvió instintiva, la cosa. Es un cielo encapotado que no tiene ni una ranura por donde pueda filtrarse la luz. Y viste lo que pasa cuando te toca la parte del cielo en un rompecabezas.



Antes había margen para maniobrar y para discutir un montón de asuntos; ahora es casi supersticioso lo que podemos hacer. ¿Que no vamos a intentar encontrarle la vuelta? No, nadie dice eso. Ahí están los compañeros más grandes diciéndonos “je, pasamos la dictadura, ¿vamos a arrugar con esto?”. Okey. No sé si sirve de mucho, pero no está mal aclararlo. Ahora, cuando veo que firman posteos de facebook con LOMJE o AVOMPLA, bueno, ahí sí, ya me empieza a dar un poco de ternura solapada. Lo que sí está bien patente, en la retina de un sector mayoritario de la militancia, es la lucha de los noventa y la resistencia de los dos mil. El miércoles, los trabajadores organizados, junto a agrupaciones políticas y sociales, se manifestaban frente al Congreso en contra del Presupuesto que se estaba discutiendo dentro del recinto. Con el pasar de las horas, como si un mago neoliberal hubiera sacado su buen conejo de la galera, la disputa callejera abandonó las zonas aledañas al Congreso y derivó en una cuadra de Floresta que no dice nada, porque resulta que hasta ahí, hasta la Comisaría 43, habían trasladado a les 26 detenides que la Policía roñosa de Larreta se había puesto a coleccionar, un rato antes, a plena luz del día. Y ahí, frente al cordón policial que custodiaba la Comisaría, se empezó a reunir la gente para exigir la libertad. Y ahí, en la oscuridad de un barrio tranquilo que tenía pinta de trampa, afloró el espíritu noventista: “Por una pizza reprimís a tu mamá”, se cantaba, y esa es una que le duele a la muchachada azul, porque enseguida ves cómo se les empieza a desfigurar la cara. Amagaron con salir a repartir palazos, se les escapó un gas lacrimógeno sobre el empedrado de Chivilcoy, pero la cosa quedó ahí. A eso de las dos de la madrugada, a cuentagotas, los compañeros y las compañeras recuperaban su libertad.


Todo lo que pasó el miércoles, sumado a las represiones de diciembre, a las repetidas infiltraciones de los anarcops, a la farsa mediática y al comic de los tribunales, producen un mareo y una ceguera tan o más efectivos que los generados por los gases lacrimógenos made in usa. No creemos mucho en la eficacia de hacer un racconto de acontecimientos, pero nuestros principios son endebles. Calate esta escalada de alegría: a la muchachada de Cresta Roja le dieron de lo lindo cuando intentaron defender sus fuentes laborales, y eso que en 2015 se habían declarado fans de Macri; en 2016, pintó tiroteo a una murga repleta de pibitos, en el Bajo Flores; jubilados hospitalizados después de un chás chás en el Puente Pueyrredón; golpiza a diputados y dirigentes políticos en Jujuy, con el pan dulce bajo el brazo, mientras era juzgada Milagro Sala; ya en 2017, anotá el Maldonado Gate y al toque Rafael Nahuel; Facundo, en Tucumán (no estamos diciendo nada que no nos acordemos, ¿verdad?); otro tiroteo porlas en un merendero de Lanús y show mediático a la orden del día; palos a los docentes, cuando instalaban la carpa educativa frente al Congreso; y bueno, como decíamos, el gran circo de diciembre mientras el recinto votaba la estafa previsional. Pero, permítanme una mención especial, como si estuviera declarando después de haber ganado el Martín Fierro: no nos olvidemos de la célebre y feroz represión en el Borda, un hospital psiquiátrico, a cargo de Horacio Rodríguez Larreta, cuyas víctimas fueron, mayoritariamente, periodistas, enfermeras e internos del hospital. Eso sí, cuando hablan en la tele te transmiten una paz que es imposible no confiar en ellos.


Así las cosas, desde Noticias de Ayer nos preguntábamos qué sentido tiene seguir intentando narrar un panorama inenarrable como pocas veces, dado el absurdo al que nos someten día a día. Nos preguntábamos si no estamos todes encerrados en una gran cárcel de máxima seguridad, por más que se empeñen en hacernos creer que los revoltosos eran los demorados en Floresta. Y nos preguntábamos, también, si no nos estarán faltando palabras para describirnos, para hablarnos, para definir esta prisión preventiva que es salir a la calle o viajar en bondi. Entre la dictadura y la democracia hay un vacío narrativo, un pozo que se abre todos los días, a pura muerte, a todo gramo, pero que no nos atrevemos a decirle dictadura por respeto a los 30 mil desaparecidos que cargamos sobre el lomo y que son la reserva moral y la memoria ardiente de nuestra lucha de hoy. Bienvenido sea que no le llamemos dictadura, pero no está bueno no tener las palabras a mano para hablarnos con claridad. Lo planteamos en nuestro portal y un lector arriesgó que esa palabra ausente podría ser “anomia”. Si la googleás, fijate que enseguida saltan dos definiciones, una de índole político y otra de carácter médico. Ambas sirven para pensar qué nos está pasando.


1. Estado de desorganización social o aislamiento del individuo, como consecuencia de la falta o la incongruencia de las normas sociales.


2. Trastorno del lenguaje, que se caracteriza por la incapacidad o la dificultad de reconocer o recordar los nombres de las cosas.


Bien, podemos garantizar que estamos atravesando un trastorno del lenguaje, dado que se nos está dificultando describir una realidad que nos va a tocar la puerta a todes, con ese aroma exquisitamente asfixiante de un tubo de gas lacrimógeno que ha sido encendido y que es expansivo como el bigbang. Luego, y considerando la acepción política de la palabra, para cerciorar esa incongruencia de las normas basta observar el accionar de los anarcops, es decir, de estos sujetos que se cubren el rostro y se disponen a lanzar piedras al aire y que después, al toque, se meten a una cabina telefónica como Clark Kent y se convierten en los G.I. Joe de Patricia Bullrich, villanos y verdugos de cualquier ser humano que se digne a andar por la calle con aires de libertad. La ola del sinceramiento se ve que todavía no alcanzó la orilla de ciertas instituciones que debieran ejercer un rol de cara a la sociedad y que, sin embargo, actúan de un modo cada vez más imbricado y menos cifrable.

“Ensayo general para la farsa actual, teatro antidisturbios”, escribía el Indio allá por los ochenta sobre mudos que son hablados por otros y ciegos que pierden el rastro por unos minutos. El humo espeso de la calle está en ascenso y comienza a mimetizarse con el cielo encapotado: cada vez se pone más difícil armar el rompecabezas, pero ya nos estamos haciendo una buena idea del cuadro que se forma. De última, si no podemos encajar las piezas en el suelo de la habitación, empecemos a salir a la calle y formemos puzzle nosotros. Y ahí vamos a ver cuán bien nos descifran ellos.


La imagen pertenece al fotógrafo Carlos Bosch.

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